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Vida
y misión

Las monjas de la Orden de Predicadores nacieron cuando el Santo Padre Domingo asoció a su Santa Predicación, por la oración y la penitencia, a las mujeres convertidas a la fe católica, reunidas en el monasterio de Santa María de Prulla. A estas monjas, al igual que a los monasterios establecidos en otros lugares, el beatísimo Padre les dio una regla de vida que debían seguir y constantemente les mostró su amor paterno y su cuidado.


Desde la oración perseverante la monja contemplativa dominica quiere mostrar con su modo de vida el valor inmenso y la necesidad siempre viva de la transcendencia. Nuestra mejor predicación es: el testimonio de Dios, intercesión, santidad de vida. Abandono, confianza, disponibilidad, acogida, vivencia de fe para testimoniar los valores escatológicos.

La contemplación

No significa salirse de la realidad de los hermanos por egoísmo, falta de sentimientos o indiferencia; significa estar más “encarnados” que nadie para participar de una manera más honda en esa realidad.

Desde su propia experiencia contemplativa Santo Domingo sabía que no bastaba solamente la Palabra y la elocuencia para la Predicación de sus frailes, que era necesaria, además, la ayuda intercesora de la oración de las hermanas.

La mujer fue la primera que Domingo asoció a su proyecto. Nos quiso dar, desde el principio, este carácter apostólico; así, sus hijas e hijos hacen realidad su máxima favorita:Hablar con de Dios o de Dios. Y desde esta experiencia saber escuchar y estar atentos y abiertos a los acontecimientos de nuestro mundo de hoy.

Nuestro modo de vida

Está asentado en estos pilares básicos:

  • La vida comunitaria - Viviendo unánimes en el Señor será como mejor podemos testimoniar que somos sus discípulos.

    Cuando Domingo admitió a la Orden a sus primeros hijos e hijas, sólo les pidió dos cosas: “que le prometiesen vida común y obediencia.

  • La liturgia - Es la adoración y alabanza a Dios. Nuestras voces y nuestros corazones se unen a la Iglesia entera que llama e invoca a su Señor.

    La celebración solemne de la liturgia donde se rememora el misterio de la salvación.

  • La oración - en el interior de nuestro ser, allí donde la plegaria se hace comunión.

    “Toda la vida de las monjas se ordena a conservar concordemente el recuerdo constante de Dios. En la celebración de la Eucaristía y del Oficio divino, en la lectura y meditación de los libros sagrados, en la oración privada, en las vigilias y en toda su intercesión, procuren sentir lo mismo que Cristo Jesús. En la quietud y en el silencio, busquen asiduamente el rostro del Señor y no dejen de interpelar al Dios de nuestra salvación para que todos los hombres se salven. Den gracias a Dios Padre que las llamó de las tinieblas a su luz admirable. Fijen en su corazón a Cristo, que por todos nosotros fue fijado en la Cruz. Practicando todo esto son realmente monjas de la Orden de Predicadores.

  • El estudio - uno de los pilares básicos de nuestra observancia, que nos caracteriza. Un estudio metódico, que alimenta la contemplación y que por “su constancia y dificultad, constituyen una forma de ascesis y de equilibrio”.

    El objetivo principal de nuestro estudio es buscar a Jesucristo Verdad; es un “conocimiento sabroso” que nos posee el corazón, no algo especulativo y abstracto.

    Porque, en el fondo, somos en la vida aquello que pensamos.

  • El trabajo - Para compartir y solidarizarnos con las necesidades de la humanidad; trabajamos como cualquier persona, para ganarnos el pan de cada día.

El papel primordial de María

Dejaríamos incompleto este relato sobre nuestra peculiaridad dominicana si olvidásemos el papel primordial de María. Ella está íntimamente unida al devenir histórico de la Orden de Predicadores. No podía ser de otro modo: basta fijarnos en Santo Domingo, un hombre medieval con un arraigo devocional inmensamente mariano.

A la Señora se le atribuye la fundación de la Orden; toda nuestra historia está salpicada de gestos marianos: nuestros santos y santas son el mejor testimonio.

Y con Ella, la “Reina de las Devociones”. Lo cierto es que el Rosario siempre estuvo vinculado a Santo Domingo y a sus hijos, que lo divulgaron y popularizaron.

Cuando en el silencio de la madrugada nos levantamos para alabar al Señor, nuestro primer saludo siempre es para Ella: ¡AVE MARIA! Y, cuando concluimos la jornada, ponemos en Ella la súplica incesante de nuestros labios: ¡SALVE, REGINA! Porque María, para nosotras, no es algo añadido; es una necesidad, una ´adorable´ obligación que aceptamos al prometerle a Ella obediencia en nuestra fórmula de profesión.

Desde el principio al fin estamos en sus manos maternales los hijos de Santo Domingo.

La misión consiste en dar carne al Espíritu Santo. En ese aspecto, María es una figura central en toda vocación, en toda vida cristiana, puesto que su papel y nuestro papel, el papel de toda humanidad llamada por Cristo, es dar carne al Espíritu Santo, dar cuerpo a una palabra de Dios; no repetir las palabras, no hacer discursos, sino dar carne. Toda vida dominicana, toda vida cristiana es, pues, apostólica y misionera por naturaleza, sea cual fuere la forma de su misión.

Ser apostólico, por con siguiente, no es ante todo obrar, hacer, por oposición a los que no hacen nada, puesto que todo el mundo hace algo, obra de algún modo, cada uno a su medida, cada cual según su vocación. Nuestra medida no es la acción; nuestra medida es la solidez de nuestra relación con Cristo que envía, mediante la Iglesia, para la renovación del mundo. He ahí nuestra medida: nuestra docilidad a la acción del Espíritu. Y lo que va a cualificar nuestra vocación apostólica no son las grandes obras que nosotros diseñamos, sino la calidad de nuestro ser interior. Nuestras obras pasan…

- Monseñor Pierre Claverie, O.P -